Se convierte en el chofer de la familia, de ella, claro.
Puede poner un pasacalles el día del cumpleaños de su novia o sacar un aviso en el diario donde sólo declare su amo. Existe hasta el que recurre al tatuaje para perpetuar ese momento romántico. Es el cliente de las tarjetas más estrafalarias. Compra peluches y se vuelve un experto en ellos.
Busca excusas para llamar a su amada todo el tiempo. Conoce más la rutina diaria de su pareja que la suya. Acepta ir al gimnasio donde va ella, aunque sea el único hombre de la clase.
Le compra caramelos al hermanito de ella y soporta estoicamente sus crueles cargadas.
Visita a su amor todos los días, cualquiera sea la inclemencia del tiempo.
Antes de conocer a los progenitores de su pareja y de caer en ese terrible estado de pelotudo enamorado, se refería a ellos tratándolos de "viejos de mierda"; ahora es muy cuidadoso al hablar de los padres de la novia.
Cuando pasa a la etapa de fijar fecha de casamiento, se pone baboso y sumamente desagradable.
Puede, en una conversación de amigos sobre fútbol, intervenir comentando lo caro que están los manteles.
Cambia su manera de hablar, de caminar, y hasta abandona hábitos saludables.
Desconoce a su amigos más o menos reos.
Cambia un partido de fútbol por una salida con su novia y con sus amigas.
El pelotudo enamorado es sumamente pegajoso y, a veces, hasta contagioso. ¡Cuidado!
El pelotudo argentino
|Mario Kostzer
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